LA VERDADERA CONVERSIÓN

Cada corazón tiene su propio ídolo. Uno adora el oro, otro adora el placer, otro adora el poder. Todo hombre no convertido es un idólatra; e incluso hombres convertidos no están fuera del alcance de las influencias idolátricas, como es evidente a partir de la nota de advertencia planteada por el venerable apóstol, «Hijitos, guardaos de los ídolos.» (1 Juan 5:21). Lector, ¿permitirás que nosotros pongamos a tu consideración una pregunta clara y directa? ¿Eres tú convertido? …

Hoy día muchos dicen que se han arrepentido, pero siguen pecando; dicen que Jesucristo es su Señor y Salvador sin ninguna evidencia de ello en su vida. ¿Qué pasa? ¿Se habrán arrepentido en verdad? A muchos no les parece importante el vocablo «arrepentimiento». Es mucho más fácil decir: «Dios te ama y tiene un plan fabuloso para tu vida» en vez de «Arrepiéntete o perecerás».Sin embargo, el evangelio es una espada de dos filos. Un filo es «creer» y el otro es «arrepentirse»…

El ser humano en su estado natural ama el pecado, tal cual un cerdo puede amar su pantano. Un buen día conoce una iglesia y entra a escuchar el evangelio, o un amigo se le acerca a hablarle de las cosas de Dios. Ante la demanda de la biblia, quizá esta persona intuye su suciedad, toma la opción equivocada de cambiar por fuerza propia. Deja uno que otro pecado visible, algún vicio temporal, cambia alguna u otra mala costumbre. Trata de refrenar su lenguaje, y trata de adaptarse…

Él Señor nunca fue amado, ni nunca tuvo un sitio en el corazón del mundo. Por eso, cualquier dádiva que le ofrezcamos es un desperdicio. Hay muchos que dicen “ ¡Tal y tal persona serían grandes hombres en el mundo si no fuesen cristianos!” Si un hombre tiene algún talento natural, una cualidad a los ojos del mundo, consideran una vergüenza que la «desperdicie» en servicio del Señor. Ellos piensan que una tal persona es demasiado buena como para dedicarse al Señor…

Esta es una de las cuestiones más importantes en la vida de todo ser humano. Jesucristo dijo, “El que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios” (Juan 3:3). No es suficiente responder “Soy miembro de una iglesia; supongo que soy cristiano”. Miles de cristianos nominales no muestran señal alguna de haber nacido de nuevo, las cuales se mencionan en las Sagradas  Escrituras, principalmente en la Primera Epístola de Juan…

Esto se aplica, en toda su fuerza moral y su profunda solemnidad, a todo hijo e hija del caído Adán. No existe algo similar a una solitaria excepción, en todos los miles de millones que pueblan este globo. Sin conversión, no hay – no puede haber, entrada al reino de Dios. Toda alma inconversa está fuera del reino de Dios. No importa, en el más mínimo grado, quién soy yo, o qué soy yo; si yo no estoy convertido, estoy en «el reino de las tinieblas», bajo el poder de Satanás…

No necesitamos decir que creemos en la necesidad absoluta, indispensable, universal, de conversión divina. Sea el hombre lo que sea, sea él Judío, o Griego, bárbaro, Escita, esclavo o libre, Protestante o Católico Romano, en resumen, cualquiera que sea su nacionalidad, su posición eclesiástica, o su credo teológico, él se debe convertir, o de lo contrario él está en el camino ancho y directo a un infierno eterno.Nadie ha nacido siendo un cristiano, en el sentido divino de esa palabra…

Hay muchos casos de conversión, así llamados, que son publicados y se habla de ellos, los cuales no pueden resistir la prueba de la Palabra de Dios. Muchos profesan ser convertidos, y se les acredita como tales, los cuales demuestran ser meramente oidores pedregosos. (Mateo 13:5). No existe la profundidad de una obra espiritual en el corazón, ninguna acción real de la verdad de Dios sobre la conciencia, ningún rompimiento completo con el mundo. Puede ser…