EL PODER DEL EVANGELIO

“¿Por qué los discípulos de Juan ayunan muchas
veces y hacen oraciones, y asimismo los de los fariseos,
pero los tuyos comen y beben?.” (Luc 5:33)

La incapacidad absoluta del hombre para salvarse de sus pecados y de su condenación es un tema constante a lo largo de las Escrituras. Job declaró: “Si me lavara con nieve y limpiara mis manos con lejía, aun así, me hundirías en la fosa, y mis propios vestidos me aborrecerían.” (Job 9:30-31). El salmista se lamentaba de que su pecado estaba siempre delante de él (Sal. 51:3), y el apóstol Pablo exclamó con desesperación: “¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?” (Rom. 7:24).

La total impotencia del hombre y su incapacidad para sal­varse a sí mismo es una de las verdades más oscuras en las Escrituras. Sin embargo, sirve al muy alto propósito de hu­millar al hombre y magnificar el poder del Evangelio para salvar. En su carta a la iglesia en Roma, Pablo declaró que fue a causa de la impotencia del hombre o la absoluta in­capacidad para salvarse a sí mismo que Cristo murió por los impíos (Rom. 5:6). Abandonado a sí mismo, el hombre no puede salvarse. Sin embargo, Dios no ha abandonado al hombre a sí mismo, ¡sino que ha proporcionado un medio de salvación a través del Evangelio de su Hijo! Lo que es im­posible para los hombres es posible para Dios (Mar 10:27). Él es poderoso para salvar, y Él puede salvar perpetuamente (Heb 7:25).

Abandonado a sí mismo, el hombre no puede salvarse. Sin embargo, Dios no ha abandonado al hombre a sí mismo, ¡sino que ha proporcionado un medio de salvación a través del Evangelio de su Hijo!

El poder de Dios en el Evangelio

Las Escrituras abundan con manifestaciones del poder de Dios. Él crea el mundo con una sola palabra (Heb. 11:3). Él hace salir la multitud de estrellas por número, a todas llama por su nombre, y por la grandeza de su fuerza y la fuerza de su poder, ninguna de ellas pasa desapercibida (Isa 40:26). Él separa el mar con una ráfaga de su nariz (Éx. 15:8). Los montes se derriten bajo Él como cera ante el fuego, como las aguas que corren por un declive (Miq. 1:4), juega con el leviatán como con un pájaro (Job. 41:5). Él hace según su voluntad en el ejército del cielo, y en los habitantes de la tierra; nadie puede detener su mano y decirle: “¿Qué haces?” (Dan 4:35). Tal es el poder de nuestro Dios y, sin embargo, ninguna de estas demostraciones de fuerza divina se puede comparar con el poder revelado por medio del Evangelio de Jesucristo.

“Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío primera­mente, y también al griego”. (Rom. 1:16). En nuestro tex­to, Pablo se refiere al Evangelio como el poder de Dios. La palabra se traduce de la palabra griega ‘dunamis’, aunque la palabra en sí no es excepcional, adquiere ex­traordinario significado en el contexto de la Escritura. Aquí, Pablo está, sin duda, basándose en las innumerables referencias en el Antiguo Testamento al poder de Dios ma­nifestado en la salvación de su pueblo. Dios sacó a Israel de la tierra de Egipto con gran poder y con mano fuerte. Él le­vantó a Faraón para mostrarle su poder y para proclamar Su Nombre en toda la tierra (Éxo. 9:16). Él salvó a Su pueblo por amor de Su Nombre, para que pudiera hacer notorio Su poder (Sal 106:8). Por último, recordó a Israel en tiempo y hora una vez más que su salvación no tiene nada que ver con su propio poder, sino todo tiene que ver con el Suyo.

Aquí, en el primer capítulo de Romanos, la palabra duna­mis ocurre en dos lugares distintos al del versículo 16. Al co­mienzo del capítulo se refiere al poder que levantó a Jesús de entre los muertos, y reivindicó su condición de Hijo (Rom. 1:4). Siguiendo nuestro texto, también se refiere al poder como un atributo de Dios que se manifiesta en la creación y sostenimiento del universo (Rom. 1:20); éstas son dos de las mayores manifestaciones de la omnipotencia de Dios en las Escrituras. Sin embargo, el Evangelio se encuentra en pie de igualdad con ellos, pues es el poder de Dios para la sal­vación de los hombres, una salvación que incluye, no sólo su liberación de la condenación del pecado, sino también su resurrección espiritual como nuevas criaturas y su preservación continua o santificación.

En relación con el poder del Evangelio, es útil hacernos dos preguntas, la primera es: “¿Reconocemos el gran poder necesario para salvar a los hombres pecadores?” La salvación no es un trabajo ligero, es una imposibilidad para todos, ex­cepto para Dios, esto es debido al estado caído del hombre y su corrupción moral.

Las Escrituras enseñan que la imagen de Dios en el hom­bre ha sido gravemente desfigurada, y la corrupción moral ha contaminado todo su ser; como tal, el hombre ha declarado la guerra a Dios y hace todo en su poder para restringir o reprimir su verdad. Las Escrituras enseñan que el hombre no puede venir a Dios, porque su corazón es malo. Jesús enseñó esta verdad en Juan 3:19-20: “Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Porque todo el que hace lo malo, aborre­ce la luz y no viene a la luz para que sus obras no sean reprendidas.

Las paredes de la depravación alrededor del corazón de un hombre son mucho más fuertes y están hechas de cosas más duras que las que rodearon Jericó. Si los hombres no podían derribar los muros de la gran ciudad por su propio poder, no pueden conquistar la depravación de sus corazones; debe ser el poder de Dios. Por esta razón, a menudo oímos que el poder de Dios manifestado en la salvación de un hombre es muy superior al poder de Dios que se manifiesta en la crea­ción misma del universo. Dios creó el mundo de la nada. Sin embargo, cuando Dios salva a un hombre, Él hace una cosa extremadamente difícil. Es mucho más fácil crear algo bueno de la nada de lo que es volver a crear algo bueno de una hu­manidad caída y corrupta.

A riesgo de redundancia, hay que reiterar que no pode­mos apreciar verdaderamente el poder del Evangelio de la salvación del hombre, hasta que comprendemos algo del es­tado caído y la corrupción moral del hombre.

Cuanto más hacemos sonar las profundidades de la depra­vación del hombre, más vamos a volar en la comprensión y apreciación del poder del Evangelio. También vamos a llegar a ser muy conscientes de que las metodologías y estrategias de marketing y adiciones y trucos que se exhiben en la mayor parte del evangelicalismo contemporáneo son vanidad inútil. ¡Si los hombres van a ser salvos, ellos serán salvados por el poder sobrenatural de Dios manifestado en la predicación del Evangelio!

Tal es el poder de nuestro Dios y, sin embargo, ninguna de estas demostraciones de fuerza divina se puede comparar con el poder revelado por medio del Evangelio de Jesucristo

La segunda pregunta que debemos hacernos es, “¿Cómo podemos reconocer que el poder de salvar se encuentra úni­camente en el Evangelio?” El Evangelio de Jesucristo es el poder de Dios para la salvación. No es sólo el centro, o parte de lo que se necesita, sino el todo. Para que tenga un gran efecto sobre los hombres sólo necesita ser proclamado. No se requiere una revisión para que sea relevante, una adaptación para que sea entendido, o una defensa para validarlo. Si nos levantamos y lo proclamamos, hará su propia obra. Un único predicador que se ha despojado de todo su armamento carnal y lucha sólo con la proclamación del Evangelio, la obra de intercesión y un trabajo de amor sacrificial, hará más por el mundo que todos los planes de los estrategas y los innovado­res combinados.

Aunque la Escritura y la historia de la Iglesia, ambas con­firman esta verdad, un estudio del evangelicalismo con­temporáneo muestra que los evangélicos no creen en este pensamiento audaz. Suena bien en los viejos himnos, pero creerlo realmente y aplicarlo parecería ingenuo, por así de­cirlo. Por lo tanto, muchas de las “iglesias modelo” del díavde hoy se parecen más a un Six Flags (cadena mundial de parques de entretenimiento) sobre Jesús que el gran bar­co de salvación. No sólo ofrecen un evangelio reducido o modificado, sino también promueven muchas otras atrac­ciones, que se hace difícil, si no imposible que se encuen­tre un Evangelio bíblico. El poder ya no reside en un men­saje simple, sino en un audaz liderazgo, en estrategias de vanguardia, la sensibilidad cultural y la capacidad de mol­dear a la Iglesia a cualquier cosa que la cultura imponga.

El Evangelio de Jesucristo es el poder de Dios para la salvación. No es sólo el centro, o parte de lo que se necesita, sino el todo.

A medida que nuestro mundo se vuelve cada vez más irreligioso y anti-cristiano, los evangélicos corren sin rum­bo en busca de un remedio. Estudiamos cuidadosamente las modas y tendencias de la cultura y luego hacen los cambios necesarios en el Evangelio, a fin de mantenerlo “relevante”. Cuando nuestra cultura ya no desea lo que tenemos, enton­ces les damos lo que quieren. Cuando un determinado mo­delo de ministerio atrae a una multitud de hombres carna­les, escribimos un libro de instrucciones para establecer una estrategia que el resto siga. Sin embargo, en todo esto no somos capaces de ver que no estamos haciendo el Evangelio relevante. Sólo estamos abasteciendo a una cultura sin Dios, a fin de mantenerla dentro de nuestras paredes. Al final, el Evangelio ha desaparecido, Dios no es honrado, y la cultura se va al infierno. La Iglesia necesita hombres que se pongan de pie ante las masas opuestas sin nada que les ayude o los defienda, excepto el Evangelio y el Dios que ha prometido utilizarlos a través de él. ¿Cuán voluminosa era la armadura de Saúl para David, y lo ridículo que David parecía cuando la llevaba? El enorme peso de la misma minó su agilidad y fuerza. Sin embargo, él tomó la decisión crucial de quitársela y enfrentarse al gigante con nada más que el nombre del Señor. Del mismo modo, hay que rechazar la armadura y las armas de Saúl y de ir a la batalla con nada más que las piedras lisas del Evangelio. Tenemos que tomar esa decisión crucial para deshacerse de los apoyos, estrategias y técnicas inteligentes de evangelismo de hoy en día, frente a los gigan­tes gemelos de la incredulidad y el escepticismo con Biblias abiertas y el mensaje inflexible y claro de Cristo crucificado y resucitado de entre los muertos. A continuación, vamos a ver el poder de Dios manifestarse en la verdadera conver­sión, incluso de los más grandes pecadores. ¿Hay algo dema­siado difícil para el Señor? (Gén. 18:14).

El Evangelio es poder de Dios para salvación. ¡Los hombres se pueden convertir, si se predica!

Ahora que reconocemos la depravación del hombre y la imposibilidad de su salvación a través de los medios asociados remotamente con el brazo de la carne, podemos empezar a apreciar la alegría de Pablo en el poder del Evangelio. Fue por esta razón que él era capaz de entrar en el Areópago y declarar que un judío crucificado era el Dios del universo y ¡el Salvador del mundo! (Hch 17:22). No necesitaba nin­gún argumento persuasivo o discurso elocuente. Sabía que los hombres se convertirían si él perseveraba en la predica­ción de este mensaje singular con valentía y claridad (Hechos 17:34). Esta es la misma confianza que sostuvo a William Ca­rey y muchos otros misioneros a través de los largos años de sequía antes de la cosecha. El Evangelio es poder de Dios para salvación. ¡Los hombres se pueden convertir, si se predica!

 

Extraído y adaptado de “El poder y el mensaje del evangelio”
Radford (Virginia)/Estados Unidos

Paul D. Washer

Abogado, profesor, pastor bautista reformado, misionero y escritor, reconocido por ser predicador itinerante de la Convención Bautista del Sur y fundador y director de la Sociedad Misionera Heartcry que apoya el trabajo misionero con los nativos sudamericanos